El candidato del Partido Republicano a la Casa Blanca es un millonario racista. Explicamos el fenómeno Donald Trump mediante la Historia y otras disciplinas sociales.

Los Estados Unidos son un país de inmigrantes y siempre lo ha sido. En 1782, J. Hector St. John Crèvecoeur, un inmigrante francés llegado a América, se preguntaba, en plena Guerra de la Independencia: “¿Qué es, pues, ser norteamericano, este hombre nuevo?” Y se respondía: “Una extraña mezcla de sangres como en ningún otro país”. Es sabido que los americanos contaron con ayuda extranjera durante el proceso de independencia. Lo que no es tan conocido —porque el mito lo oculta— es que esta ayuda respondía a motivaciones geopolíticas. Lo cierto es, que a ojos de la inmensa mayoría de europeos aquél proceso era una aberración. Las colonias americanas no cumplían ninguno de los requisitos comúnmente aceptados para constituirse como sujeto independiente. Las trece colonias no tenían límites territoriales claros, ni una larga historia compartida, ni obedecían a una única religión, ni compartían una cultura comuna ni un linaje compartido. La realidad social de las colonias era más heterogenia de lo que acostumbramos a pensar. El reto era difícil. Era necesario construir, sobre la diversidad étnica, un sentimiento de unidad nacional.

Las colonias americanas no cumplían ninguno de los requisitos comúnmente aceptados para constituirse como sujeto independiente.

La comunidad blanca, protestante y anglófona era la mejor situada social y económicamente en las colonias y fue esta la que lideró el proceso de secesión. Pero no todos los colonos eran tan blancos, tan protestantes ni tan anglófonos como los “Padres Fundadores”. Ellos son los artífices de la construcción nacional norteamericana. Una vez dispusieron de bandera, el primero y uno de los más importantes símbolos nacionales, los patriotas la siguieron hasta el campo de batalla. De la guerra, más allá de las derrotas, se obtuvieron algunos de sus mitos fundacionales de mayor valor y sacrificio patriótico: la Matanza de Boston, Washington cruzando el Delaware… Todo correcto. Se está construyendo una nación.

El relato de los orígenes blancos y protestantes de la nación norteamericana presenta fisuras.Si bien es cierto que en el momento de la independencia todos los colonos eran súbditos del Rey de Inglaterra, no todos eran de cultura inglesa. Según el historiador Arthur Mann, en el momento de la independencia las colonias contaban con casi cuatro millones de habitantes, de los cuales un veinte por ciento eran de origen africano, una cuarta parte eran inmigrantes europeos no británicos y el resto, poco menos de la mitad, eran de cultura inglesa. El relato de los orígenes blancos y protestantes de la nación norteamericana, pues, presenta fisuras.

Comunidades culturales de las colonias americanas (c. 1790). Ingleses protestantes: 46%; Europeos de orígenes y creencias diversas: 34%; Africanos: 20% / Arnau Cunillera

Comunidades culturales de las colonias americanas (c. 1790). Ingleses protestantes: 46%; Europeos de orígenes y creencias diversas: 34%; Africanos: 20% / Arnau Cunillera

El primer gran obstáculo fue la religión. Esta tuvo un papel capital en el proceso de colonización. Comunidades religiosas de diferentes tendencias habían abandonado la populosa y amoral Europa para crear asentamientos homogéneos en el Nuevo Mundo donde vivir la espiritualidad sin interferencias. Como apunta el historiador de las religiones Martin E. Marty: “la libertad de creencia de Rhode Island, Pennsylvania i la diversidad religiosa de Nueva York eran irregulares y subversivas en la vida colonial”. El sectarismo religioso era especialmente acusado en las colonias puritanas del nordeste, partidarias de la homogeneidad: “El marinero confinado en el puerto, el forastero que siguiera su camino, el comerciante debía ser restringido y el disidente desterrado”. El objetivo era conseguir una sola fuente de carácter y cultura. En pleno proceso de independencia, para salvar el proyecto político de desintegración, era necesario crear una consciencia nacional con la que todos los habitantes de las colonias se sintieran identificados, desde los protestantes a los católicos. La respuesta la ofreció la ilustración.

Era necesario crear una consciencia nacional con la que todos los habitantes de las colonias se sintieran identificados.La asunción de los principios y valores ilustrados permitió superar los problemas planteados por la homogeneidad étnica y religiosa de la sociedad americana. Más allá de la bandera, el punto de confluencia del pueblo norteamericano sería la voluntad de constituirse en comunidad política, la democracia, el liberalismo y la civilidad. A la pregunta de Crèvecoeur “¿Qué es, pues, ser norteamericano?” un ilustrado Joel Barlow podía responder “Lo que los estadounidenses piensan es lo que los estadounidenses son”. Por lo que se refiere a la religión, se optó por una curiosa mezcla entre protestantismo e ilustración: la aceptación que los Estados Unidos son una nación subordinada a Dios. Un Dios abstracto que podía ser el protestante, el católico o el escéptico Gran Arquitecto ilustrado. La Primera Enmienda a la Constitución de 1792 se encarga de garantizar la libertad religiosa.

Los impresionantes índices de inmigración en Estados Unidos expresados en millones de llegadas. / SUSPS

Los impresionantes índices de inmigración en Estados Unidos expresados en millones de llegadas. / SUSPS

Los Estados Unidos constituyen, pues, el mecanismo ideado por la elite ilustrada procedente de la comunidad protestante anglófona americana para evitar las tensiones étnicas y las fuerzas centrífugas que de estas se pudieran derivar. Paradójicamente, es precisamente la comunidad blanca, protestante y anglófona la que ha tensado históricamente el debate de identidad. Escudados en el mito que los convierte en comunidad nativa u originaria, desde mediados del Siglo XIX el racismo WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant) ha puesto su punto de mira sobre católicos, judíos, negros, hispanos, asiáticos y amerindios. Desde un inicio, sectores minoritarios de la comunidad étnica dominante, critican las concesiones de legisladores y gobernadores a la diversidad. Pero lo cierto es que este discurso es inaceptable políticamente en un país que necesita altas cuotas de inmigración para crecer. Racismo y dependencia de las razas consideradas inferiores es clara en los estados esclavistas del sur.

El discurso de Trump reivindica la herencia y legado WASP de los Estados Unidos / Gage Skidmore

El discurso de Trump reivindica la herencia y el legado WASP de los Estados Unidos / Gage Skidmore

Aprovechando la ola de pensamiento positivo y el ascenso de las teorías paracientíficas racistas como el determinismo génico y el darwinismo social, el último tercio del Siglo XIX verá una ofensiva anglosajona en el campo de la historia y el resto de ciencias sociales. El objetivo: demostrar la superioridad de los blancos protestantes. Coincidiendo con un periodo de llegada masiva de inmigrantes, pensadores conservadores teorizan y difunden la idea que las características morales e intelectuales son heredables, así como las físicas. Siguiendo este razonamiento jerarquizan las diferentes etnias en base a la connotación negativa o positiva de sus atributos intelectuales, éticos y morales. En lo alto los europeos anglosajones y en la base de la pirámide, los negros; en medio y por este orden: europeos meridionales y del este y asiáticos. Los primeros son la encarnación de las virtudes norteamericanas; los otros son los causantes de la pobreza, las huelgas, el radicalismo, la desintegración familiar, el alcoholismo, el crimen, la prostitución, el analfabetismo…

[La ley Johnson-Reed] es la victoria de los postulados racistas de una parte minoritaria de la población.Los años treinta representan el asalto de los postulados racistas a las fuentes de poder político. El año 1929 entra en vigor la Ley Johnson-Reed, la reivindicación histórica de los xenófobos norteamericanos: el establecimiento de cuotas a la inmigración en base al origen étnico de los solicitantes. Se reduce drásticamente la aceptación de recién llegados, se prohíbe la entrada de asiáticos, se permite un acceso limitado a europeos del sur y orientales, en mayor medida a europeos del norte y, finalmente, barra libre a ingleses e irlandeses del norte. El mensaje es claro: solo son bienvenidos los que son como nosotros. Es la victoria de los postulados racistas de una parte minoritaria de la población, pero influyente, autolegitimada y hegemónica en los círculos de poder.

La ley Johnson-Reed mantendrá bajo mínimos la afluencia de inmigrantes durante los veinte años siguientes. A partir de los años cincuenta, el cambio de posicionamiento de buena parte de la población fruente cualquier legislación con carga racista y el empoderamiento de los hijos de la inmigración ayudan a suavizar las posturas. El año 1960 un J. F. Kennedy, de origen irlandés y católico, se convierte en el primer presidente en poner una nota de diversidad cultural y religiosa en la Casa Blanca. Aunque será su sucesor, Lyndon B. Johnson, quien derogará, en 1965, la ley de cuotas Johnson-Reed. En el acto de derogación declarará “[Esta ley] ha sido anti norteamericana en gran medida porque no es fiel a la fe que atrajo a miles de personas a estas costas incluso antes de que fuéramos un país”.

 

Los gráficos muestran la repercusión de la ley Johnson-Reed sobre el origen de la inmigración. / Fastfission

Los gráficos muestran la repercusión de la ley Johnson-Reed sobre el origen de la inmigración. / Fastfission

Desde los años sesenta, la derecha americana ha jugado a flirtear con los sectores racistas de la sociedad. El Partido Republicano ha alimentado el discurso extremista siguiendo una estrategia mal vista, incluso por sectores importantes de la propia organización. Muchos no entienden la necesidad de mezclar conservadorismo con un discurso falsamente identitario. Hacerlo deja en evidencia la ignorancia de aquellos que no han entendido que la identidad norteamericana no se basa en la cultura o la etnia sino en la aceptación de unos símbolos (bandera, himno y presidencia) y unos valores (liberalismo, civilidad y tolerancia religiosa). Si pensamos en qué es lo que tienen en común la comunidad hispana de Florida y la comunidad irlandesa de Chicago entenderemos el porqué de la omnipresencia de símbolos como la bandera en calles, estadios y televisores. “Lo que los estadounidenses piensan es lo que los estadounidenses son”. Y poca cosa más.

Es por ello que Donald Trump, descendiente de una escocesa y de alemanes casado con una checa no llegará demasiado lejos con su discurso xenófobo y antiinmigración que es, en esencia, como diría Lyndon B. Johnson, un discurso antipatriótico en el país de la inmigración.

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Portada: Michael Vadon

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Posted by Arnau Cunillera

Historiador.